Nayra y Elián vinieron al estudio a hacer unas pruebas.
Yo también.
Había que comprobar que todo funcionaba. Que los juguetes aguantaban donde tenían que aguantar, que las cajas no se desparramaban, que había sitio para moverse, que el trineo no tenía ideas propias y que el taller se parecía un poco a lo que llevaba semanas imaginando.
Ese era el plan.
Pero duró poco.
En algún momento Nayra y Elián dejaron de venir a probar un decorado de Navidad y empezaron a estar dentro de una aventura. Ya no había que comprobar nada. Había juguetes pendientes, paquetes que preparar, cosas que arreglar y, seguramente, alguna misión urgente que yo no había previsto.


Y ahí entendí que El Taller Mágico no iba a funcionar porque estuviera lleno de cosas bonitas.
Iba a funcionar porque ellos no lo veían como un decorado.
Lo veían como un sitio donde pasan cosas.
No tuve que pedirles que miraran a cámara. Tampoco que sonrieran. Estaban demasiado ocupados jugando, investigando y haciendo lo que hacen los niños cuando les das una historia en lugar de una instrucción.
Yo iba haciendo fotos entre medias.
Sin molestar mucho.
Sin dirigir demasiado.


Porque las mejores fotos de aquellas pruebas no fueron las que estaban previstas. Fueron las que aparecieron cuando ya nadie estaba pensando en que aquello era una prueba.
Nayra y Elián vinieron a ayudarme a comprobar si el Taller Mágico funcionaba.
Al final fueron ellos quienes le dieron vida.
Y yo me fui a casa bastante tranquilo.
La Navidad ya podía empezar.
Gracias, Nayra y Elián, por venir a probarlo todo antes que nadie.

